Cuba tiene todavía un tesoro abandonado,
por el blanco que lo ignora,
por el negro que lo esconde,
por el presuntuoso ignorantón
que lo desprecia.
Fernando Ortíz
El tema africano en la cultura cubana tiene una dimensión abarcadora y trascendente; el mismo ha sido abordado desde múltiples disciplinas y repercute en una riqueza artística indiscutible que motiva el interés de muchos creadores y estudiosos.
Desde su llegada a nuestra isla, el negro africano aportó elementos materiales y espirituales que mezclado con los de otras culturas conformaron nuestra identidad nacional. “Y es que en Cuba, hasta el más intransigente enemigo de la negritud, habla o tiene costumbres, que sin darse cuenta, por desconocimiento, provienen de nuestros ancestros esclavos. Nicolás Guillén lo dijo hace mucho: “Y ya Cuba sabe que es mulata.”” Estos hombres y mujeres traídos a través de la indiscriminada y cruel trata negrera, lucharon por defender a cualquier costo su cultura; desde que tocaban tierra eran convertidos en mercancía y en instrumentos de trabajo, les estaba prohibido reproducir su estructura social, hablar en su lengua nativa y más difícil todavía, practicar su religión. No obstante, una labor de “enmascaramiento” les permitió la conservación y la práctica de sus elementos esenciales indentitarios. En el secreto de los barracones y los montes, adoraron sus dioses, hablaron en sus idiomas y, cuando les fue posible, cantaron y bailaron sus canciones.
Como dijera Mirta Fernández “en esta labor de resistencia cultural, las religiones hicieron la función de núcleos duros, permitiendo la pervivencia de la lengua, la música, los bailes, los cantos, las plegarias, los proverbios, los relatos, cuentos, fábulas y poemas cantados, de los instrumentos musicales y también el uso de hierbas y «palos» del monte en medicinas y usos religiosos, así como comidas y bebidas” .
En lo religioso, de las influencias mutuas entres las culturas de los distintos grupos de africanos que nos nutrieron mientras duró la trata esclavista, y la cultura dominante, resultaron los llamados cultos sincréticos cubanos, religiones populares entre las que se destacan: la Regla de Ocha o Santería, de origen yoruba; la Regla de Palo o Palo Monte, de raíz bantú, y el complejo de asociaciones Abakuá o Ñañigas.
Muchos intelectuales cubanos han dedicado prácticamente sus vidas al estudio y promoción del legado cultural de nuestros ancestros eslavos, baste mencionar solamente algunos nombres: Lydia Cabrera, Fernando Ortiz, Argeliars León, Natalia Bolívar, Lazara Menéndez, Miguel Barnet, Jesús Guanche, Tato Quiñones, entre otros tantos, y gracias a sus esfuerzos, estamos actualmente en medio de una efervescencia religiosa general, apreciable en el crecimiento básico de algunos indicadores medibles en las religiones cubanas de origen africano; en diferentes grupos e individuos se manifiestan inquietudes por constituir estructuras organizativas y de dirección que dinamicen la religión y estandaricen el culto. Algunos pasos ya se han dado con la constitución de La Sociedad Cultural Yoruba de Cuba, en la santería, y La Organización de Unidad Abakuá (OUA) que incluye a los grupos (juegos, potencias o tierras, como se les llama) de Ciudad de la Habana y se proyecta hacia los restantes territorios. Paralelamente, dirigentes de culto, en especial babalawos, algunos con nivel profesional, promueven una formulación sistematizada del conjunto de ideas de la Regla Ocha para crear un cuerpo teórico más coherente.
A pesar de estos esfuerzos aún quedan otros cultos, que por ser minoría, han sido menos estudiados, sin perder por ello su importancia e interés. Como expresión de diferentes grupos étnicos perviven por ejemplo en Matanzas: los iyessá, gangá y arará.
La marginalización encierra a estas prácticas, con mayor énfasis a los paleros y abakuá, quizá por lo secreto de sus ceremonias o sencillamente porque en el pasado fueron acusados de cometer crímenes horrendos contra niños. Famosos son los casos de la niña Zoila y de la niña Cecilia . Algunos de ellos con posterioridad, se ha comprobado que fueron meros complots fraguados contra estos religiosos, artimañas hijas del temor del blanco ante el desconocido mundo mítico del negro y expresión del miedo inculcado a los niños en la fecha del 4 de diciembre, el día en que los brujos se llevaban los niños blancos y rubios, encontrados en la calle. Jamás se habló de niños negros.
Los abakuá no se escaparon de estas falacias. “El ñañiguismo durante el siglo pasado fue envuelto en una tenebrosa atmósfera de criminalidad, más legendaria que verdadera. Hasta se creyó que toda iniciación requería la prueba de valor del neófito consistente en matar a un cristiano” . No ha de extrañarnos entonces, que a estas religiones no se les dé la promoción y atención de que es objeto la santería, la cual ha gozado de gran protagonismo temático en todo el arte cubano, desde su música y bailes, hasta su enorme riqueza visual; obsérvese como numerosas escenas de sus liturgias religiosas, han sido ampliamente representadas en diversos audiovisuales cubanos.
Este proyecto de promoción cultural, pretende contribuir a la legitimación de las prácticas religiosas Abakuá y Regla de Palo Monte, que sin proponérselo han colaborado en el diseño de nuestro perfil nacional. Nos interesa la obra de importantes artistas del pasado siglo XX cuya producción se caracteriza y distingue también por incorporar tanto lo costumbrista como lo folklórico de estas prácticas, es decir: la fuerza, la belleza, la frescura, la carga vital de un sector de la cultura otra africana; el negro que participa en la lucha independentista, y el mestizaje con lo español armónicamente mezclados.
Consideramos importante recordar diferentes enfoques en torno a esta herencia africana en la pintura, como por ejemplo, el que hacer de varios pintores, en cuyas obras aparecen elementos que aluden a la Secta Secreta Abakuá y Palo Monte, aunque sea alegóricamente, por considerarlas importantes aportes en la formación de nuestra cultura nacional.
Recordemos que la figura del negro aparece por primera vez, en una pechina de la Iglesia Santa María del Rosario, pintada por Nicolás de la Escalera, quien recreó una estampa de la familia del primer Conde de casa Bayona, donde aparece el negro quien, según cuenta la memoria popular, le enseñó a su dueño las propiedades medicinales de las aguas y las plantas que en su feudo se hallaban; de ser cierta esta leyenda, el negro representado por Nicolás de la Escalera debió de tener un profundo conocimiento de la naturaleza, y cabe la posibilidad de que haya sido descendiente de la cultura bantú, la cual dio origen a la Regla de Palo Monte. Es conocido que la esencia de la práctica palera es el saber las propiedades de los palos, aguas y plantas del monte, los cuales, según su filosofía, tienen el poder de cambiar el destino; por su parte, fue el español Víctor Patricio Landaluce quien realizara para la serie Tipos y costumbres, unas litografías, entre las que se destaca, una perfecta representación del diablito de los ñañigos -figura importante en la liturgia abakuá-; en esta obra el autor, que trabajó con gran énfasis la temática negra, reproduce con exactitud el traje y los adornos de este connotado personaje de la liturgia abakuá. Vale recordar que este artista vivió y murió en Guanabacoa, radiado de paleros y jurados abakuá, que evidentemente fueron estudiados y reproducidos por él.
Ya en el período de la republica se distingue la obra del artista Jaime Vallss, quien en la década de los años veinte representó con gran maestría las escenas de bailes y el toque de instrumentos de la música popular cubana, donde el reflejo correspondiente de la cultura africana se muestra con gran relieve. Instrumentos musicales pertenecientes a la liturgia palera se pueden apreciar en dibujos como “Tocador de Clave”, “ La Clave en la Orquesta”, el negro músico y bailador que aparece en la producción de Valls es similar al personaje hecho versos por Nicolás Guillen, quien “dibujó” a través de la poesía, las alegrías y sinsabores y la sencillez de esta parte de la población tan olvidada durante la etapa neocolonial de nuestra historia.
A diferencia de Valls, la obra de Alberto Peña no se enmarca solo dentro del discurso folklorístico, sino que es un reclamo de justicia y libertad, para lo cual toma como personaje al negro que participa de manera activa en la lucha por nuestra independencia. Uno de sus lienzos, en este sentido muy representativo y que hoy en día alcanza su mayor dimensión histórica, lo constituye “La Protesta”, su fuente creativa es evidente, la figura de Antonio Maceo protagonista mayor de la Protesta de Baragua en 1878. Apelando a la historia cabrá preguntarse si ¿No pudieran ser abakuá los negros que aparecen en este lienzo junto al Mayor General?, reacuérdese que tras el fracaso de la guerra chiquita a Maceo se le asigna una escolta abakuá para que pudiese salir del país sin mayores contratiempo, y que los jefes de abastecimiento de las tropas insurrecciónales en La Habana y Matanzas eran también Abakuá. Y es que el vínculo del negro con nuestras luchas independentistas es innegable.
El llamado arte nuevo de la vanguardia se carga también de vitalidad al buscar los motivos nacionales, en la herencia mágica religiosa de raíz africana. Tal es el caso de la obra de Wifredo Lam, quien en los alrededores de la tercera década del pasado siglo, se acercara a las características de la cultura afrocaribeña, a través de motivos tales como: tijeras herraduras, cuchillos, etc; en algunos de sus cuadros podemos hallar referencia muy directa, los trazos o firmas de la sociedad secreta abakuá, que se utilizan para identificar a los miembros de estas cofradías. Estas grafías –como bien ha señalado Enrique Sosa - se componen de figuras geométricas como líneas, óvalos, cuadros, rectángulos y triángulos que se entrecruzan, extienden o disponen de acuerdo con su función representativa.
René Portocarrero también incursionó en la temática afrocubana. Los íremes o diablitos aparecen en algunas piezas de la serie “Color de Cuba”; para este artista el “diablito” no constituye una representación pintoresca y con gran economía de recursos, logra captar todo el misterio e impacto visual que produce en el espectador esos personajes. Los flecos que rematan cada parte del vestuario ritual del íreme, la sombrerera detrás de la cabeza y la capucha con que cubre esa parte del cuerpo, son suficientes para dar la idea mítica de la figura. Colores como blanco y el negro sobre rojo se extienden en el lienzo logrando crear una textura irregular provocada por la aplicación del óleo con la espátula, al tiempo que se propicia la aparición de una amalgama de quebradas formas para dar el efecto de que el misterioso personaje se estremece. El íreme danza y todo su cuerpo se mueven en un espacio que apenas lo contiene. Ese baile de los diablitos fue el que hizo que una vez Carpentier expresara:
“-¡Ah, ¿ por qué no nací con vocación de empresario? Nunca soñó Sergio Diaghiliev con ballet tan completo, tan perfectamente logrado, tan funcional, tan decorativo. Porque, sinceramente, admiro un poco menos ciertos ballets modernos con pretensiones “primitivistas” desde que asistí, hace unas noches, al más inolvidables de los “plantes”, “ñañigos”, en algún lugar de la Habana.”
Este tema pervive en el panorama artístico contemporáneo. Aunque con el triunfo revolucionario las religiones adquieren matices y enfoques muy particulares, aún existen creadores que abordan estas problemáticas en sus poéticas. Ávido de conocimientos sobre los disímiles mitos y deidades de esa expresión religiosa Laureze Zuñiga, pintor primitivista actual, se nutre de las leyendas que luego muestra con notable colorido en sus lienzos. En sus dibujos aparecen dioses, cimarrones, “firmas” o trazos de la Regla de Palo Monte y de la Sociedades Secretas Abakuá, lunas peces, soles, palomas, montañas y árboles, integrados armónicamente en el papel o la cartulina.
Dentro del amplio espectro sobre los diversos temas referentes a lo africano en nuestra plástica, no podemos dejar de mencionar la manera original y sugerente en que Manuel Gonzáles Daza representó en la década de 1970, algunos instrumentos de la música popular tradicional cubana de procedencia africana. Para este fin utilizó las diversas posibilidades del informalismo y del arte pop. En sus representaciones aparecen los tambores pertenecientes a las cofradías abakuá. Estos instrumentos percusivos, reproducidos con gran autenticidad, están trabajados con materiales diversos como sogas, pinturas, madera, piedras, caracoles, y cuantos objetos pudieran aparecer en la nganga de un palero; son casi los legítimos objetos ceremoniales utilizados en nuestras religiones populares de notable raíz africana.
Belkis Ayón por su parte, penetra ese mundo de los abakuá para apoderarse de sus mitos y sus personajes, para ofrecernos en sus colografías de grandes proporciones ese mundo mítico que la mujer tiene prohibido. En sus piezas aparecen símbolos y atributos como la tinaja, la serpiente, los peces y, sobre todo, los cuadros se desbordan de su propia presencia, para crear una analogía con la propia Sikan del Mito de los abakuá.
Julián Gózales, pintor autodidacta del municipio de Regla es un creador sin fronteras, dotado del conocimiento de los secretos del Palo Monte y Abakuá. Miembro activo de estas religiones, González une todo su saber para crear obras como “Consagración en la Tierra Conga” que es una pieza testimonio de la ceremonia del rayamiento, en la que representa todos los atributos ceremoniales.
Mención aparte merece el trabajo de promoción cultural llevado en el Callejón de Hamel por el artista Salvador Gonzáles; ese proyecto comunitario tiene como objetivo central brindar arte creador al pueblo, revitalizando esta callejuela olvidada por el tiempo y por la ciudad, convirtiéndola en una verdadera Galería de Arte donde el propio barrio forma parte indisoluble de una creación única en su género, en el país y en el mundo.
Este breve recorrido por las artes plásticas cubanas, es solo un botón de muestra de la riqueza de esta temática en nuestra pintura. Existen muchos otros artistas sensibilizados con el mudo mágico del Palo Monte y la Sociedades Abakuá, pero se hace difícil seguirle el rastro precisamente porque carecen buena labor de promoción que coadyuve a su reconocimiento.
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